Vi a la Ángel guardiana en tal jardín sentarse
bajo nimbos de flores irradiantes
y de vides como en dovela;
junto a ella subían heliantos.
Sus dedos, cuyos anillos humildes y frágiles
rodeaban la delgadez de un círculo de coral,
sostentaban parejas de rosas fieles
atadas con lana y selladas con un broche,
Una calma, impregnada de oro, tejía
un aire filigranado de aurora,
alrededor de su frente pura, que se hundía
mediada en la sombra todavía.
Llevaba su velo y sus sandalias,
tejidos de lino, pero en los bordes,
en grutescos claros, las tres virtudes teologales
estaban pintadas, con corazones foliados de oros.
Sus cabellos lentos se derramaban sedosos
del hombro hasta los céspedes de musgo;
el silencio abierto en la infancia de los ojos
era más dulce que ninguna palabra es dulce.
Toda el alma tendida
y los dos brazos y el deseo azorado
me levantaba hacia el alma suspendida
¡en su mirada!
Sus ojos eran tan claros de recuerdo,
me confesaban días vividos semejantes;
oh, ¿el ayer se mudaría en porvenir
en las tumbas inviolables?
Era ciertamente alguien que había dejado la vida
quien me traía milagro y confort
y el viático de su supervivencia
tutelar, a través de su muerte.
Emile Verhaeren
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-la-del-jardin-emile-verhaeren/
