XIX\r\n\r\n\r\n\r\nNiños, hermosas frentes ingenuas inclinadas en torno a mí,\r\nBocas de dientes de esmalte que siempre decís: ¿Por qué?\r\nVosotros que, interrogándome sobre más de un gran problema,\r\nQueréis de cada cosa, oscura para mí mismo,\r\nConocer el verdadero sentido y la palabra decisiva,\r\nY que tocáis todo en mi espíritu pensativo.\r\n— De tal modo que, idos vosotros, niños, a menudo paso\r\nHoras, muy malhumorado, poniendo de nuevo en su sitio\r\nEn el fondo de mi cerebro mis planes, mis visiones,\r\nMis eternos temas de meditación,\r\nDios, el hombre, el porvenir, la razón, la demencia,\r\nMis sistemas, montón sombrío, andamiaje inmenso,\r\nDesordenados de pronto, sin culpa vuestra,\r\n¡Por una pregunta de niño, hecha al azar!\r\nYa que por fin estáis sondeando mis destinos,\r\nY que me habláis de mis jóvenes años,\r\nDe mis primeros instintos, de mi primera esperanza,\r\nEscuchad, dulces amigos, que queréis saberlo todo.\r\n\r\nTuve en mi rubia infancia, ay, demasiado efímera,\r\nTres maestros: — un jardín, un viejo sacerdote y mi madre.\r\n\r\nEl jardín era grande, profundo, misterioso,\r\nCerrado por altos muros a las miradas curiosas,\r\nSembrado de flores que se abrían como los párpados,\r\nY de insectos bermejos que corrían por las piedras;\r\nLleno de zumbidos y de confusas voces;\r\nEn el medio, casi un campo, en el fondo, casi un bosque.\r\nEl sacerdote, nutrido todo de Tácito y de Homero,\r\n\r\nEra un dulce anciano. Mi madre — ¡era mi madre!\r\n\r\nAsí crecía yo bajo ese triple rayo.\r\n\r\nUn día — ¡Oh! si Gautier me prestara su lápiz,\r\nOs dibujaría de un trazo una figura\r\nQue un día entró en casa de mi madre, funesto augurio.\r\nUn doctor de frente pobre, de porte solemne,\r\n¡Y vería brotar en vuestras bocas sin hiel,\r\nPuertas de vuestro corazón que ninguna preocupación mina,\r\nEsa risa deslumbrante que a veces me ilumina!\r\n\r\nCuando aquel hombre entró, yo jugaba en el jardín,\r\nY solo con verlo me detuve de repente.\r\n\r\nEra el director de un colegio cualquiera.\r\n\r\nLos tritones que Coypel agrupa alrededor de una concha,\r\nLos faunos que Watteau extravió en los bosques,\r\nLos brujos de Rembrandt, los gnomos de Goya,\r\nLos diablos variados, verdaderas pesadillas de monje\r\nCon las que Callot, riendo, hostiga a San Antonio,\r\nSon feos, pero encantadores; deformes, pero llenos\r\nDe un fuego que anima todos los pliegues de su rostro\r\nY a veces lanza un relámpago rápido en sus ojos.\r\n— Nuestro hombre era muy feo, pero era estúpido.\r\n\r\nPerdón, aún hablo de él como un franco colegial.\r\nEstá mal. Lo que he dicho, tratad de olvidarlo;\r\nPues de vuestra edad feliz, que un pedante embaraza,\r\nHe guardado la cólera y he perdido la gracia.\r\n\r\nAquel hombre calvo y negro, muy espantoso para mí,\r\nY del que mi madre también al principio tuvo algún temor,\r\nMultiplicando las humildes actitudes,\r\nTraía consejos y solicitudes:\r\n— Que el niño no era dirigido; — que a veces\r\nSe llevaba su libro soñando por los bosques;\r\nQue crecía al azar en aquella soledad.\r\nQue debía pensarse en ello; que el estudio severo\r\nEra hija de la sombra y de los claustros profundos;\r\nQue una lámpara colgada de oscuros techos,\r\nQue guía la pluma ágil de cien colegiales,\r\nIluminaba mejor a Horacio y Catulo y Virgilio,\r\nY vertía al espíritu rayos mucho mejores\r\nQue el sol que juega a través del árbol en flor;\r\nY que en fin hacía falta a los niños, — lejos de las madres, -\r\nEl yugo, el duro trabajo y las lágrimas amargas.\r\nSobre esto, el colegio, amable y triunfante,\r\nCon una dulce sonrisa ofrecía al niño\r\nEbrio de libertad, de aire, de alegría y de rosas,\r\nSus bancos de roble negros, sus largos dormitorios tristes,\r\nSus salas que se atrancan y que en todos sus pilares\r\nEsculpe con un clavo viejo el aburrimiento de los colegiales,\r\nSus maestros que hacen, entre los papeles,\r\nComer la hora de juego por los castigos voraces,\r\nY, sin agua, sin césped, sin árboles, sin frutos maduros,\r\nSu gran patio pavimentado entre cuatro grandes muros.\r\n\r\nDespedido el hombre, herida por sus discursos,\r\nMi madre quedó triste y preocupada.\r\n¿Qué hacer? ¿qué querer? ¿quién tenía razón,\r\nO el triste colegio, o la feliz casa?\r\n¿Quién sabe mejor de la vida cumplir la obra austera,\r\nEl colegial turbulento, o el niño solitario?\r\n¡Problemas! ¡preguntas! Ella vacilaba mucho.\r\nEl asunto era muy grave. Humilde mujer después de todo,\r\nAlma por el destino, no por los libros hecha,\r\n\r\n¿Con qué frente rechazar a aquel trágico profeta,\r\nDe tono tan magistral, de gestos tan seguros,\r\nQue le hablaba en nombre de los griegos y los latinos?\r\nEl sacerdote era sabio sin duda; pero, ¿qué sé yo?\r\n¿Se aprende por el maestro o por el colegio?\r\nY luego en fin, — a menudo así triunfamos.-\r\n\r\nEl hombre más vulgar tiene grandes palabras profundas:\r\n—«¡Es indispensable! — ¡conviene! .- ¡importa!»\r\nQue turban a veces a la mujer más fuerte.\r\n¡Pobre madre! ¿cuál elegir de los dos caminos?\r\nToda la suerte de su hijo se pesaba en sus manos.\r\nTemblorosa, ella sostenía aquella pesada balanza,\r\nY creía verla por momentos en silencio\r\nInclinarse hacia el colegio, ¡ay! oponiendo\r\nMi felicidad futura a mi felicidad presente.\r\n\r\nElla meditaba así sin sueño y sin tregua.\r\n\r\nEra verano: Hacia la hora en que la luna se levanta,\r\nEn una de esas hermosas tardes que parecen al día\r\nCon menos claridad, pero con más amor,\r\nEn su parque, donde jugaban el rayo y la brisa,\r\nElla erraba, siempre triste y siempre indecisa,\r\nPreguntando en voz baja al agua, al cielo, al bosque,\r\nEscuchando al azar las voces que oiría.\r\n\r\nEs en esos momentos cuando el jardín apacible,\r\nLa maleza donde se mueve un insecto invisible,\r\nEl escarabajo amigo de las hojas, el lagarto\r\nQue corre a la luz de la luna en el fondo del viejo pozo,\r\nLa loza de flor azul donde vive la planta crasa,\r\nLa cúpula oriental del sombrío Val-de-Grâce,\r\nEl claustro del convento, roto, pero dulce aún,\r\nLos castaños, la verde alameda de botones de oro,\r\nLa estatua donde sin ruido se mueve la sombra de las ramas,\r\nLas pálidas correhuelas, las margaritas blancas,\r\nLas cien flores del matorral, del árbol, del cañaveral,\r\nQue devuelven en perfumes sus canciones al pájaro,\r\nSe miran en el estanque o se ocultan en la hierba,\r\nO que, cargando la frente soberbia del acebo,\r\n\r\nAl borde de los claros estanques mezclándose con el abedul,\r\nTiemblan en racimos de oro en los tornasoles del agua;\r\nY el cielo centelleante detrás de las enramadas,\r\nY los tejados esparciendo encantadores humos,\r\nEs en esos momentos, como os digo,\r\nCuando todo ese hermoso jardín, radiante paraíso,\r\nTodos esos viejos muros derruidos, todas esas rosas jóvenes,\r\nTodos esos objetos pensativos, todas esas dulces cosas,\r\nHablaron a mi madre con el agua y el viento,\r\nY le dijeron en voz baja: — «¡Déjanos a este niño!\r\n\r\n«Déjanos a este niño, pobre madre turbada.\r\nEsa pupila ardiente, ingenua, estrellada,\r\nEsa cabeza de frente pura que ningún duelo veló,\r\nEsa alma aún nueva, madre, ¡déjanosla!\r\nNo vayas a arrojarla al azar entre la multitud.\r\nLa multitud es un torrente que rompe lo que arrastra.\r\nComo los pájaros, los niños tienen sus miedos.\r\nDeja a nuestro aire límpido, a nuestros húmedos vapores,\r\nA nuestros suspiros, ligeros como el ala de un sueño;\r\nEsa boca por donde nunca ha pasado la mentira,\r\nEsa sonrisa ingenua que su candor defiende !\r\n¡Oh madre de corazón profundo, déjanos a este niño!\r\nNo le daremos más que buenos pensamientos;\r\nCambiaremos en día sus destellos comenzados;\r\nDios se hará visible a sus ojos encantados;\r\nPues nosotros somos las flores, las ramas, las claridades,\r\nSomos la naturaleza y la fuente eterna\r\nDonde toda sed se desborda, donde se lava toda ala;\r\nY los bosques y los campos, comprendidos solo por el sabio,\r\n¡Hacen la educación de todos los grandes espíritus!\r\nDeja crecer al niño entre nuestros ruidos sublimes.\r\nLo penetraremos de esos perfumes íntimos,\r\nNacidos del soplo celeste esparcido en todo bello lugar,\r\nQue hacen salir del hombre y subir hasta Dios,\r\nComo el canto de un laúd, como el incienso de un vaso,\r\n¡La esperanza, el amor, la plegaria y el éxtasis!\r\nInclinaremos sus ojos hacia la sombra de aquí abajo,\r\nHacia el secreto de todo entreabierto bajo sus pasos.\r\nDe niño lo haremos hombre, y de hombre poeta.\r\n\r\nPara formar de sus sentidos la corola inquieta,\r\nSomos nosotros a quienes hay que elegir; y le mostraremos\r\nCómo, del alba al anochecer, del roble al mosquito,\r\nLlenándolo todo, reflejos, colores, brumas, alientos,\r\nLa vida de mil aspectos ríe en las verdes llanuras.\r\nTe lo devolveremos simple y deslumbrado por los cielos:\r\nY haremos germinar por todas partes en él\r\nPara el hombre, triste efecto perdido bajo tantas causas,\r\nEsa piedad que nace del espectáculo de las cosas.\r\n¡Dejadnos a este niño! Le haremos un corazón\r\nQue comprenderá a la mujer; un espíritu no burlón,\r\nDonde nacerán fácilmente el sueño y la quimera,\r\nQue tomará a Dios por libro y a los campos por gramática,\r\nUn alma, puro hogar de secretos favores,\r\nQue lucirá dulcemente sobre todas las frentes soñadoras,\r\nY, como el sol en las flores fecundadas,\r\nLanzará rayos sobre todas las ideas.»\r\n\r\nAsí hablaban, a la hora en que la ciudad calla,\r\nEl astro, la planta y el árbol, — y mi madre escuchaba.\r\n\r\n¡Niños! ¿han cumplido su promesa sagrada?\r\nNo lo sé. Pero sé que mi madre adorada\r\nLes creyó, y, ahorrándome aburridas prisiones,\r\nConfiando mi joven alma a sus dulces lecciones.\r\n\r\nDesde entonces, esperando la noche, hora en que el estudio\r\nReclamaba mi pensamiento a su grave actitud,\r\nTodo el día, libre, feliz, solo bajo el firmamento,\r\nPude errar a gusto en aquel jardín encantador.\r\nContemplando los frutos de oro, el agua rápida o estancada,\r\nLa estrella desplegada y la flor radiante,\r\nY los prados y los bosques, que mi espíritu por la noche\r\nReveía en Virgilio como en un espejo.\r\n\r\n¡Niños! amad los campos, los valles, las fuentes,\r\nLos caminos que la tarde llena de voces lejanas,\r\nY el agua y el surco, flanco nunca adormecido,\r\nDonde germina el pensamiento junto a la espiga.\r\nTomaos de la mano y caminad entre las hierbas;\r\nMirad a los que van atando las rubias gavillas;\r\nDeletread en el cielo lleno de letras de fuego,\r\nY, cuando un pájaro cante, escuchad hablar a Dios.\r\nLa vida con el choque de las pasiones contrarias\r\nOs espera; sed buenos, sed verdaderos, sed hermanos;\r\nUnidos contra el mundo donde el espíritu se corrompe,\r\nLeed en el mismo libro tocándoos con la frente,\r\nY no olvidéis nunca que el alma humilde y escogida\r\nHecha para la luz y para la poesía,\r\nQue los corazones donde Dios pone ecos serios\r\nPara todos los ruidos que anima un sentido misterioso,\r\nEn un grito, en un sonido, en un vago murmullo,\r\n¡Escuchan los consejos de toda la naturaleza!\r\n\r\n31 de mayo de 1839.
Victor Hugo
Traducción generada por Poésies 123 con la asistencia del modelo de inteligencia artificial deepseek-chat.
Texto publicado en Poésies 123: https://www.poesies123.com/es/poema-lo-que-ocurria-en-las-feuillantines-hacia-1813-victor-hugo/
